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"NADIE TE VA A DAR UN SUELDO POR SER CORRESPONSAL"

 6 de marzo, 2015
 
 
Entrevista a Ane Irazábal, periodista freelance afincada en Oriente Próximo
 
 
Ane Irazabal forma parte de esa nueva generación de profesionales de la comunicación que andan repartidos por una de las zonas más calientes del mundo: Oriente Próximo. La periodista, que trabaja como freelance para EITB, Telecinco y Telesur, principalmente, fue entrevistada por Sustrai Colina en la revista Argia.
 
-¿Por qué Oriente Próximo? 
 
-Desde siempre me han interesado los conflictos entre Israel y los palestinos, el islam, el islamismo, los movimientos políticos y religiosos de Oriente Próximo... Las minorías de todo tipo enriquecen tremendamente la región. Al acabar la carrera, comencé a trabajar con una agencia de noticias palestina y, tras vivir allí, me di cuenta de que ese conflicto no se podía analizar de modo aislado, que necesitaba un punto de vista más completo. Así fue como comencé a moverme como freelance por otros países. Quien se queda a la espera no tiene nada que hacer. Nadie te va a dar un sueldo mensual ni te va a ofrecer una corresponsalía con un cámara y un traductor. Es más, la figura del corresponsal está en vías de extinción. 
 
-¿Qué es noticia, Oriente Próximo o los conflictos de Oriente Próximo? 
 
-Los conflictos venden más que la paz o un periodo de calma. No dice en balde Xavier Aldekoa que está muy extendida la figura del corresponsal de guerra, pero que no hay periodistas de la paz. En las noticias también hay un mercado y todos sabemos qué vende y qué no vende. Sé que si escribo a algunos medios con propuestas para escribir desde determinados sitios no me van a responder, pero que estarán encima nada más saber que voy a cubrir una guerra o la última hora de algún conflicto. Por eso resulta tan complicado renunciar a los Breaking News. No puedes morder la mano que te da de comer. La clave consiste en mantener un equilibrio. Si llevo trabajando mucho en los llamados Breaking News, siempre tomo tiempo para irme a escribir reportajes a otros sitios, aunque sepa que voy a perder dinero. Nosotros enseñamos muchos cócteles molotov, piedras, bombas, misiles... ¿pero cuál es la realidad de esos pueblos cuando pasa la tormenta? Aunque para mí sea más interesante y enriquecedor, no hay interés en contar eso. Nos aleja de la realidad, pero como la crisis marca la diferencia entre lo necesario y lo importante... 
 
-¿Los periodistas se han convertido en marionetas del sistema? 
 
-Resulta complicado pensar otra cosa cuando, de repente, llegamos 200 periodistas a un mismo sitio. Es normal querer contar al día siguiente el bombardeo nocturno, pero a veces parece que nos llevan allí. Tenemos mucha influencia mutua. Todos estamos al tanto de hacia dónde se mueven la BBC, Al Jazeera y determinados periodistas. El ritmo lo marcan las agendas políticas de los grandes medios. ¿Quién decidió que la noticia del pasado mes de julio fuera Gaza y no Siria? Murieron más civiles en Siria que en Gaza. Es cierto que los periodistas entramos más fácilmente en Gaza que en Siria, pero ahí hay un interés. 
 
-Dejando a un lado los intereses, ¿cuál es la función de una periodista como tú? 
 
-Antes creía más en la función pedagógica. Ahora ya no sé si nos corresponde hacer pedagogía. Nosotras estamos para denunciar lo que pasa, lo que vemos. Los nuestros son los ojos de quienes no están allí. Me gustaría que mi madre o mi cuadrilla de Arrasate entendieran con mis crónicas lo que está pasando, que se indignaran tal y como me indigno yo. Estamos para despertar conciencias. Por eso tengo miedo de que la gente no entienda lo que le estoy contando. Ante la necesidad de contar la última hora, muchas veces no tenemos espacio para contextualizar todo. Así las cosas, en un vídeo prefiero reflejar la realidad a través de la experiencia de una persona. La gente se queda con eso y no con el número de personas muertas a última hora. 
 
-Blanco y negro: ¿andamos igual con la empatía y la falta de empatía? 
 
-Para el periodista, la empatía es imprescindible. En Gaza, ya en casa, he llorado mucho. De todas maneras, los periodistas internacionales, los de Occidente en general, también cuando empatizamos con la injusticia nos creemos que a nosotros no nos puede suceder algo parecido. “¡Ay, qué pobres, es inaceptable, pero a nosotros no nos va a pasar!”. Las masacres y la violencia nos parecen cuestiones lejanas, que somos de una tierra en la que estamos a salvo para siempre. Pero los refugiados sirios que nos encontramos el año pasado en Lampedusa nos reconocían todos lo mismo: “Creíamos que lo que sucedía en Palestina no nos podía suceder a nosotros, que estábamos a salvo en Damasco, que nosotros vivíamos bien”. Con cuatro hijos, sin nada, acababan de llegar en una patera. Por eso digo que la verdadera empatía se logra metiéndose en la piel del prójimo, y que para ello tienes que creer que a ti también te puede pasar. Cuando lo logras, se te pone la piel de gallina... 
 
-En los conflictos siempre aparece el negro y el blanco. ¿Dónde están los grises? 
 
-Muchas veces no vamos en busca de historias, sino en busca de que nos dirán esto o lo otro. Lo más fácil es contar la historia que llevas previamente. Sin embargo, el periodismo en el que yo creo consiste en abrir los ojos y la mente e informar de lo que la gente te quiere contar. Cuando caemos en las simplificaciones de nuestros prejuicios nos convertimos en un peligro. Si lo que queremos son historias simples que comprenda la gente, ¿qué es lo más fácil? Mostrar dos bandos. Pero las realidades locales son mucho más complejas, porque en Palestina no todo el mundo es de Hamás o Fatah. Al mismo tiempo, ¿qué sucede con Mahmoud Abbas? En el mundo tiene el brillo de un líder especial, pero en Palestina nadie se cree su discurso. Lo mismo sucede con los acuerdos entre Hamás y Fatah. Nosotros, desde Occidente, decimos que hay "alegría en las calles de Gaza", pero comienzas a hablar con las personas y nadie se lo cree. La realidad está muy lejos de las imágenes y de las noticias que llegan de las agencias. 
 
-¿Por qué nos empecinamos en ver Oriente con las gafas de Occidente? 
 
-Para entender qué es Oriente Próximo, tienes que vivir con ellos, conocer su día a día, aprender sus códigos sociales y culturales, y sobre todo, dejar a un lado los prejuicios y estar dispuesta a aprender empezando desde cero. Pero es muy difícil dejar a un lado nuestros filtros. A mí me ha ayudado mucho trabajar con periodistas locales. Viven lo que está sucediendo, tienen un conocimiento riguroso de la situación y de la gente, saben qué hacer y cómo actuar en cada momento... Por ejemplo, para un periodista es imprescindible saber cómo dirigirse a una persona. Al poco tiempo de llegar allí, me tocó entrevistar a un hombre muy islamista y, cuando le di la mano, se echó para atrás y me negó el saludo. Afortunadamente no se lo tomó mal, pero fue un fallo mío: debería saber que a una persona como ella no le debía dar la mano. En este sentido, me cuesta más acercarme a los hombres. Con las mujeres todo es más fácil. Las mujeres de Oriente Próximo me parecen muy fuertes, son el paradigma de la dignidad. Son ellas las que llevan la familia. El papel que tienen en la sociedad es más activo del que creemos. Me parecen más feministas que muchas mujeres que aquí tenemos como feministas. Salir de casa, coger el metro, hacer las compras, ir al trabajo... es una lucha diaria que llevan con gran dignidad. 
 
-En las luchas diarias, ¿qué son los periodistas: un obstáculo o un arma que hay que usar? 
 
-Para unos, un obstáculo; para otros, un arma de la que servirse. En Palestina, y en general en la mayoría de los países de Oriente Próximo, la gente te abre las puertas de sus casas y te cuenta su realidad sin pelos en la lengua. Los palestinos saben que han de utilizar a los periodistas extranjeros para hacer frente a la agenda y al discurso israelíes que están muy enraizados. Muchas veces los encontramos resignados, en la creencia de que contarlo no vale para nada, pero no podemos empezar a vender humo. Nosotras no podemos cambiar nada, no venimos a ayudar a nadie, sino a contar la realidad. Por otro lado, en determinados sitios, el trabajo de los periodistas está muy controlado. La última vez que estuve en Gaza nos controlaban tanto Israel como Hamás. De todas maneras, en Oriente Próximo, las trabas burocráticas son superiores a las políticas. Por ejemplo, en Egipto, tras el golpe de estado la situación ha empeorado mucho para los periodistas. No puedes sacar una cámara a la calle, si ven que tomas apuntes en un cuaderno, te paran, la burocracia para conseguir un carné de prensa puede demorarse seis meses, y si te pillan sin este carné puedes tener problemas. Las cosas cambian mucho según los países y el momento, y conviene saber cuáles son las reglas de juego en cada momento. 
 
-Ya que hablamos de Egipto, ¿qué es lo que ha quedado de la primavera árabe? 
 
-Nada. Es más, no deberíamos denominarla primavera árabe. Estamos metidos en el crudo invierno, con los regímenes militares y la explosión de guerras civiles. Quizá Túnez sea la islita que se salva, pero allí también están de vuelta los viejos zorros de Ben Ali. Hemos sido muy naif. Fue un gran error pensar que se trataba de una revolución que estaba únicamente en manos del pueblo. Creímos que no había ningún otro interés, que el poder ciudadano lograría echar abajo todo el sistema. Y mira ahora... Sucede algo parecido con respecto al papel que las redes sociales jugaron en la revolución. Es cierto que fueron una herramienta importante, pero los activistas que las manejaban habían estado fuera, sabían inglés, estaban occidentalizados. No representaban a toda la sociedad. En Egipto no todo el mundo tiene acceso a internet. 
 
-¿Tiene arreglo el conflicto ente Israel y Palestina? 
 
-Soy muy escéptica. El periodista Eugenio García Gascón dice que es un conflicto que se resolvería en dos minutos aislando totalmente a Israel. ¿Pero hay voluntad para ello? En la actualidad, cuando los israelíes se sientan en la mesa saben que no tienen nada que perder, que no se hablará del meollo de la cuestión y, por tanto, no les importa nada. Estoy convencida de que la situación va empeorando año a año. ¿Que cuál es el final de todo esto? A tenor de lo que se oye por ahí, Gaza puede quedar en manos de Egipto, la conquista de Cisjordania no se detendría, dejarían a los palestinos de Cisjordania en zonas A, y todo lo demás quedaría en manos de Israel. Así, la presión demográfica obligaría a los palestinos a moverse hacia Jordania y otros países. Esta es la última intención de Israel y el tiempo corre a su favor, no tiene ninguna prisa. 
 
-Hablando de guerras, ¿persistirán los mitos de los corresponsales de guerra? 
 
-Desde que trabajo en ello, he desmitificado el trabajo de los corresponsales de guerra. Es cierto que si vas a una guerra, has de andarte con ojo. pero no me parece de recibo el tratamiento heroico que se les ha dado a algunos de estos periodistas. Aquí nadie es un suicida, cada uno toma sus medidas. Nosotras también debemos desmitificar nuestras figuras y decir que vamos a cumplir con nuestro trabajo. Estamos para contar lo que sucede, no para ser protagonistas. Si tienes una buena red de contactos, todo es más fácil. Por eso es importante salir del remolino de las guerras y volver a los sitios. No tienes por qué ir a un sitio donde hay fuego cuando lo hay. Puede ser una inversión visitar a quien está fuera del foco de la actualidad. Hay que trabajar la red de contactos, estar con la gente, tomar el pulso a la situación con tus propios ojos... No sabes nunca cuándo y cómo volverás, y si no tienes una imagen actualizada de la realidad, todos tus análisis pueden ser equivocados. Eso, por ejemplo, está lejos del mito, pero en nuestro trabajo es absolutamente básico. 
 
-¿Es un mito que una periodista freelance que cubre la actualidad internacional puede organizar su agenda? 
 
-Yo no tengo agenda. Como mucho, puedo hacer planes de aquí a quince días. Trato de sacar un par de reportajes a la semana, y si tengo que cubrir una noticia importante de última hora, me gusta partir con unos mínimos organizados. Eso me da mucha libertad, porque creo que es un privilegio vivir de mi trabajo, pudiendo decidir adónde voy, pero, por otro lado, hay vínculos que también están ahí. Es muy bonito poder ir para una semana a un lugar que te gusta, o pillarte dos semanas para hacer un curso intensivo de aprendizaje de la lengua árabe, pero nuestro trabajo es tan inestable por rachas que resulta difícil mantener el equilibrio emocional en todo momento. De todas maneras, me gustaría continuar así durante unos cuantos años más, porque sé que luego no volveré a vivir así. Sé que como persona, como mujer y como periodista mis prioridades se irán alejando. Sé que no quiero andar así toda la vida, pero, por ahora, estoy contenta.
(Tomado de Rebelión)
 

Autor: 

Marta González Borraz

Año: 

2 015
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