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Las redes sociales, sinónimo de eternamente digital

 15 de  septiembre, 2015  
 
Hoy la tecnología da la oportunidad de dejar la huella y formar parte de la sociedad de los bits y los bytes, regresando al usuario del olvido con un simple tecleo.
 
Es muy difícil que los temerarios, los que aceptan su destino con devota resignación y aquéllos que más confían en su suerte lleguen a tener pensamientos fatalistas cuando abordan un avión, aunque seguramente la gran mayoría hemos sentido cierto temor al momento de encontramos en medio del océano y a varias horas de nuestro destino, y más todavía si algún accidente aéreo se registró en días próximos con respecto a nuestro viaje.
 
Durante mi último vuelo llegué a sentir ese escalofrío, pero en verdad no supe distinguir la causa principal de ello; pudo deberse a que por esos días, el 24 de marzo para ser exactos, el copiloto alemán Andreas Lubitz estrelló contra los Alpes franceses un jet A320 de Lufthansa proveniente de Barcelona y operado bajo la marca Germanwings, tragedia que causó la muerte de 150 personas, lo que al final se tipificó como “homicidio premeditado” y no como un acto suicida, según se especuló al inicio.
 
Las estadísticas no engañan y, conforme a los más recientes estudios del sitio Airline Ratings, es muy remota la probabilidad de que sucedan eventos como el anterior o que se registren catástrofes aéreas, pues –en promedio- sucede sólo un accidente por cada 1.3 millones de vuelos. Mi sentir, sin embargo, pudo ser también producto de dos inquietantes preguntas que de forma repetida se hacen quienes viajan a menudo: “¿Qué pasaría si…?” o “¿Qué haría si me quedaran unas cuantas horas de vida?”.
 
Recordé en aquellos momentos que había dejado pendientes algunas tareas para actualizar mi página web, así como varios post o mensajes que debía incluir en mis redes sociales (donde trato asuntos de familia en particular); también pensé que sólo yo conocía la clave de acceso a mis cuentas y -entonces sí- no hubo manera de evitar un escalofriante vacío y un sentimiento incontenible de preocupación.
 
Ya entrados en aquello de los asuntos inconclusos, vino a mi memoria el caso de una mujer que intentó entrar a la cuenta de Facebook de su hijo fallecido en un accidente de motocicleta, allá por el 2005. Siete años más tarde ella encontró la contraseña de dicha cuenta y contactó a los administradores de la red social para pedirles que la mantuvieran activa, pues tenía la esperanza de conocer más sobre su hijo al examinarlos mensajes y comentarios de sus amigos o contactos, pero la compañía había cambiado las claves apenas dos horas después de confirmarse el deceso.
 
La madre presentó una demanda y entabló una batalla legal que duró dos años; finalmente recuperó la cuenta, aunque Facebook nada más le concedió diez meses de acceso a la página de su ser querido antes de eliminarla de forma definitiva.
 
Este caso en particular propició que en varios países se comenzara a analizar propuestas para que Facebook y otras redes sociales permitieran el acceso a las cuentas de familiares muertos, reconociendo de alguna manera que la información almacenada o compartida en estos espacios es parte de la propiedad de las personas que los utilizan y no del sitio.
 
Hay opciones
 
Por lo pronto, según la política actual de Facebook, las muertes pueden ser informadas mediante un formulario en línea, y cuando el sitio se entera de un fallecimiento pone la cuenta de la persona en una especie de “estado conmemorativo”, eliminando ciertos datos y limitando la privacidad únicamente a los amigos o familiares, mientras que el perfil y el muro se mantienen para que seres queridos puedan, incluso, dejar mensajes de despedida. A principios del 2012, esta empresa presentó también la aplicación If I Die, a la cual se registraron más de 200 mil usuarios en menos de 7 meses; es gratuita, fácil de usar y muy segura.
 
Por su parte, Google ofrece una herramienta para que sus clientes digan qué quieren que se haga con sus cuentas cuando fallezcan, incluyendo sus correos históricos y todos sus contenidos, como testimonios, fotos y documentos. Asimismo, Google maneja la opción de borrar los datos después de un tiempo de inactividad (puede ser de 3, 6, 9 o 12 meses) o transmitirlos a cuentas de otras personas queridas (un máximo de diez contactos), también con la alternativa de ofrecer que ciertos contactos se reenvíen a otros servicios.
 
Desde hace ya varios años algunas empresas comenzaron a ofrecer un servicio de comunicación post mortem, como es el caso de Heavenote, del emprendedor italiano Vincenzo Rusciano; incluso, existe una aplicación llamada LivesOn que permite a los usuarios seguir tuiteando después de la muerte.
 
Cuestión de enfoques
 
Ante tales escenarios, cabría preguntarse a quién le gustaría heredar sus claves o con qué propósito dejaría su “patrimonio” de datos. Las redes sociales nacieron como alternativas tecnológicas de comunicación y, paradójicamente, se han convertido con el paso del tiempo en los receptáculos idóneos de la vida secreta; son sinónimo de intimidad y de propiedad única, así que permitir el acceso a toda esta información sensible podría ser un riesgo si no se calcula las consecuencias o, por qué no, podría ser un excelente legado para conseguir “la inmortalidad digital”.
 
Desde el punto de vista de los sentimientos, considero que al dejar un testimonio de lo que fue nuestra vida o nuestra muerte aletargaríamos el sufrimiento de familiares y allegados, lo cual podría causarles impactos psicológicos irreversibles, más aun si se trata de mensajes suicidas (lo cual rayaría en crueldad), pero a fin de cuentas eso es sólo una opinión personal.
 
Pero seguramente en algo vamos a coincidir: la gente genera cada vez más información y todos tenemos el derecho de hacer lo que deseemos con ella; ahora toca el turno a las redes sociales acercar a sus abonados las mejores opciones al respecto, en tanto que las autoridades deberán hacer lo propio, agilizando los sustentos legales que permitan resolver la creciente cantidad de conflictos como los señalados al principio.
 
Muy oportuno sería rematar con una contundente frase de Laurie Anderson, compositora, artista plástica y violinista, famosa por sus teorías sobre la tecno-cultura y por utilizar el soporte multimedia para sus creaciones: “La tecnología es la hoguera alrededor de la cual nos contamos nuestras historias”.
 
Y añadiría al respecto: prevenir es la fórmula; estar convencidos de lo que queremos hacer es un buen recurso, y aprovechar el inmenso potencial de “la red de redes” es quizá el mejor medio para encontrar la eternidad digital. Hoy la tecnología nos da la oportunidad de dejar nuestra huella y formar parte de la sociedad de los bits y los bytes, regresándonos del olvido con un simple tecleo para no andar vagando por la Red como verdaderos fantasmas electrónicos.
 
(Tomado de tynmagazine.com)
 

Autor: 

Fausto Escobar

Año: 

2 015
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